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martes, junio 16, 2015

Vishnu

Todo el océano de sus sueños cabía en un vaso. Cuando se removía en alguna pesadilla, el oleaje le mecía hasta que volvía a dormirse.

Es un vaso de agua lo que ofrecen las vírgenes a los viajeros cansados que llegan a la ciudad eterna.

Sobre el agua revolotean las luciérnagas, pero tú, abeja, vas directa a la flor. Después de beber de la flor del limonero, te fuiste enseguida a besar flores más dulces. Ahora entiendo que nunca beberás agua salada ¿Para qué tanta miel, abejita? ¿A qué dios vas a ofrecer flores tan secas?

lunes, marzo 30, 2015

Ella cultiva medusas


Consumida la certeza solo queda
el no quedarse
el más allá del hacia,
de esa transparencia
a punto de olvidarse
a un paso de ser invisible
que hiere con su inconsistencia
los corazones de los que carece.

domingo, marzo 29, 2015

Morfología

Existencia
Consistencia
Insistencia
Resistencia
Persistencia

Que no inventemos nunca la palabra "desistencia".

lunes, marzo 16, 2015

El polvo

La noche está al asedio
en la silla frente a la puerta
esperando.
No a mí, que llevo aquí todo el día
mirando el polvo posarse
acumularse en los muebles.

Se limpian cada día, pero éstos
se ajan, llega la polilla,
se tiran y se compran unos nuevos,
pero el mismo polvo los contagia,
el mismo cansancio del aire.

Mi pelo está lleno de polvo del camino.
Huele a tierra, sal y aceite.
¿Me dejarás morir sola?
¿Vendrás a ver mi extinción
como todas
lenta e inexorable?

Aun quedan muchos años, no pensemos
ahora en eso, pensemos en el polvo,
en cómo lavarnos el pelo, o en cómo
untarnos en cenizas.

sábado, marzo 07, 2015

Ser caracola

Caminamos

versos azules murmuran sobre nuestros pasos
vienen de nuestros bolsillos
                                  de nuestras manos
de las caracolas en nuestros bolsillos
                                  en nuestras manos

Los versos nos penetran

Todavía no entendemos el misterio del mar
ni lo entenderemos nunca.

¿Quién querría ser estrella?
Las estrellas no cantan.

Pero
Oh, ser caracola
cantar versos azules
ser acariciada
ser desgastada por el mar
poco a poco, hasta ser
grano de arena
parte de la playa.
¿Quién no querría ser caracola?
¿Quién no querría cantar versos azules?
¿Quién no querría ser grano de arena y escuchar siempre el sonido del mar?

domingo, noviembre 09, 2014

La línea

Anido en la línea a la izquierda de tu boca
salgo en busca de alimento
desciendo de tu boca hacia tus entrañas
exploro el horizonte interior de tu cuerpo
busco en esa otra línea, monótona y azulada,
las palabras viscerales
los gusanos que llevarme a la boca.

Los trago. Ellos descienden
esófago abajo a explorar mi horizonte interior,
tan monótono
como el tuyo,
tan azulado
como el tuyo,

monótono y azulado.

sábado, noviembre 08, 2014

El temblor del sueño

ঘুম আসেনি আমার কাল 
কেউ বলেছে, আসবে জানলা থেকে 
ভুল বলেছে সে, তোমার হাত
একটা থরথরে ঘুম 
জড়িয়েছে আমার ঘাড়ে।

সকালে আমি উঠতে পারিনি।

Aquella noche, el sueño no llegaba.
Alguien dijo: "entrará por la ventana".
Se equivocó -  tus manos
me envolvieron al cuello
un sueño que temblaba.

A la mañana siguiente, no pude despertarme.


(Escrito originalmente en bengalí. Misterios de las musas)

sábado, septiembre 13, 2014

Volver

Volver es sinónimo de recordar. Más que sinónimos, son hermanos inseparables, siameses que comparten un único corazón, ensanchado para bombear con fuerza la sangre necesaria para sendos cuerpos semánticos.

Volver es ya en sí mismo una repetición, pero además, suele ocurrir que al volver nos vemos obligados a revolver armarios y cajones de cuyo contenido no nos acordamos así como así. Requieren una exploración que nos lleva a un redescubrimiento de lo que un día supimos, pensamos, sentimos y tuvimos. Volver es un ejercicio de memoria, una técnica preventiva contra el Alzheimer.

Dentro de cajones y armarios nos acechan cajas de bombones o de zapatos en las que nuestros recuerdos juegan al escondite. Piedrecitas y conchas recogidas ya no sabemos dónde, pulseras y colgantes que no usamos desde que tenemos uso de razón, chapas, mecheros, bolígrafos sin tinta, tapas de libretas sin hojas, sobre llenos de fotos descolocadas, billetes de tren, avión o autobús, entradas de cine o teatro, llaves que ya no sabemos qué cerraron alguna vez, ni qué abrirán ahora, y en ocasiones, otras cajitas con más recuerdos insospechados, tu pasado desperdigado en matrioskas con formas geométricas. Todo ello proveniente de algún espacio y tiempo que ya no recuerdas pero que te esfuerzas en localizar, exprimiéndote la memoria de rodillas en el suelo, como rezando, con uno de aquellos souvenirs alzado en la mano, con los ojos cerrados para visualizar mejor los detalles de aquel contexto lejano, un pequeño viaje espiritual que se repite con cada piedra, cajita de cerillas, foto de paisaje urbano y abanico roto que nos sorprende desde los cajones.

Eso es sólo el principio. Luego vienen las cartas, cartas viejas, arrugadas, que a cada relectura te envejecen prematuramente al dar cuenta de tu juventud pasada, ingenua, llena de ideales que ya no sabías que tuviste, de los que te olvidaste sin notarlo. Lo peor es que no tienes las tuyas, las de tu puño y letra, sino sólo sus respuestas o las cartas que provocaron una respuesta tuya de la que ya no tienes pruebas, con suerte bocetos de líneas telegráficas, que sin embargo no sabes casar con la carta adecuada ya que en su día no te preocupaste de meterla en el sobre que las originó. Eso, en el mejor de los casos; en la mayoría, ni eso tienes; sólo te queda imaginarte leyéndolas por primera vez, conjurando aquel yo que crees ahora que debió existir, sin estar segura, porque tú eres tú siempre en el presente y no ayer. Pero te esfuerzas en tu papel de maga, intentas evocar qué cuándo dónde y cómo, empezando por un orden lógico que te ayude a enfocar la nebulosa: cuándo recibiste la carta, y dónde la leíste, si la guardaste hasta ir a un parque donde abrirla tranquilamente, o si llena de nervios y emoción no pudiste contenerte y la abriste en el mismísimo ascensor, fallando tres intentos de abrir la puerta de casa por no querer quitar los ojos del papel, cerrándola con el pie como si fuera una pelota de fútbol. O si la llevaste ardiéndote en las manos hasta llegar a tu habitación y tumbarte en la cama a abrirla y devorarla. ¿Te acuerdas?

Quizá sí, ahora que la relees, de rodillas en el suelo, mordiéndote el labio hasta que sangran los recuerdos.

Pero ya no tienen ni pies ni cabeza esas cartas, sólo sangre enmohecida, y tratas de encontrarles sentido, pero como no lo consigues intentas darles uno, acorde no con la tú de entonces, sino con la yo de ahora, que es la que conoces. Y las vas releyendo y reguardando en los sobres y dejándolas como estaban, porque no tienen otro orden que ese desorden, caja dentro de caja dentro de cajón dentro de armario. Y allí seguirán cada vez que vuelvas, porque las guardas, a veces piensas que lo mejor sería quemarlas, pero nunca lo haces, porque si no existieran esas cartas, no podrías ya volver.

sábado, julio 19, 2014

Habitación

La habitación era irregular, como dibujada a mano alzada por un crío de tres años y medio. El techo se inclinaba hacia la ventana, y por todo ello resultaba aún más acogedora. Con carácter.

La escasa decoración era suficiente para hacerse una idea de su habitante. Las paredes eran de gotelé azul. Una de ellas estaba medio cubierta de dibujos coloreados a lápiz y acuarela, mapas de distintos países, y frases incompletas. Unas cortinas de un azul profundo, nocturno, flanqueaban la ventana. Bajo ella, la cama y el escritorio, sobre el que campaba un revoltijo de papelorios y bolígrafos.

En la habitación había una pequeña silla. Me senté en ella, dudando si sería correcto o no sentarme en la cama, que parecía bastante más cómoda que la silla. El respaldo era alto y, como el asiento, de tela acolchada. Los reposabrazos eran un poco bajos para mí, y mis piernas eran un poco largas para la silla. Pero era sorprendentemente cómoda. Me arrebujé un poco en el asiento, tratando de encontrar la mejor postura. El respaldo se adaptaba a mi espalda a la perfección, y me apoyé en él, relajado.

No se oía nada en aquella habitación. Era extraño. Antes de entrar, había habido tanto ruido, tanto barullo en los pasillos, en el viejo ascensor con su puerta de hierro, en la calle antes de entrar, un tráfico terrible de gente y coches de esos de hora punta en lunes cuando todo el mundo va con prisas porque todo el mundo va con retraso. Pero desde que había entrado allí, sólo había silencio. Ni un murmullo. Ni una respiración. Era un silencio profundo. Como el azul de las cortinas.

Las sábanas también son azules, pensé. Quizá sus ojos también fueran azules. No podía recordarlo con exactitud. Todos los colores se habían esfumado de mi lengua. Sólo podía pensar en que no podía pensar en aquel silencio azul.

Entonces, me vine.

miércoles, julio 16, 2014

Viajar

Viaja el viajero para descubrir
lejanas tierras, exóticas costumbres,
nuevos sabores; mas no piensa
en descubrir la verdad, pues ésta
es su casa, la cocina donde la madre
prepara el desayuno, la cama
donde sueña con viajar.

Esto es así hasta que viaja.
Hasta que tropieza en tierras lejanas,
malinterpreta costumbres exóticas,
y enferma con sabores nuevos.

Cuánto desengaño hay en estas calles,
en estas aceras rotas, cuánta claridad
en esta agua sucia,
cuánta verdad en este ruido
que impide dormir.

lunes, junio 16, 2014

Etno(mo)logía


Abejitas y abejorros
en este viejo enjambre
se ajetrean sin trajes
y zumban sin voz;
alados, nunca vuelan.

En cambio, se pasean, se posan, picotean,
apenas pelean, reposan, y repiten.
Puntualmente cada semana
un puñado silencioso
se suicida.

La abeja reina, ajena
a la muerte de sus súbditos,
jalea eslóganes de miel,
atrayendo a otras moscas
 - e incluso cucarachas.

En este viejo enjambre
colmado de panales en ruinas,
con celdas enrejadas, mazmorras
sin luz,
decenas de abejas se suicidan cada semana,
y nadie les enciende siquiera unas velas.


2.36pm Metro: suicide wagon - Same train, twin tragedies 

http://www.telegraphindia.com/1140617/jsp/calcutta/story_18519068.jsp#.U5_KfFR_suo



jueves, junio 12, 2014

El Fallo

Desde su origen en la chispa
prendida está la llama condenada
a la hoguera, culpable de no ser
agua ni piedra, sentenciada
a consumirse consumiendo,
dejando un rastro de humo sin mensaje,
por el que atraídos los mismos
que la juzgaron se acercan, hacen
cola, esperan recibir
calor,
luz.

viernes, mayo 30, 2014

Con claridad

"De la transparencia a la invisibilidad hay un paso", pensó el cristal del escaparate.


sábado, marzo 01, 2014

Viendo a un poeta mirarse al espejo

Busca en su rostro signos de poesía
observándose en todos los espejos
a la caza de algún poético estigma
quizá en forma de lira o soneto
que le diferencie y le distinga
de entre los prosaicos y analfabetos.

Sin encontrar qué hace de él un poeta
se mira con ojos ya acristalados
empieza a dudar, acaso no lo sea,
acaso es un jardinero o soldado,
o realmente es un profesor de escuela
rural donde intenta enseñar inglés
a niños de diez o catorce años
que no acuden limpiamente uniformados para aprender
sino para comer.

viernes, enero 03, 2014

Un cuento

Por aquel entonces yo trabajaba en una empresa de mensajería. No era gran cosa, pero era un trabajo. Ya había llegado a la edad de caducidad de la ilusión. Me agarraba al volante de la pequeña furgoneta y eso me hacía sentir bien.

En el maletero llevaba paquetes y sobres ajenos. Me sentía como un Papa Noel del día a día, sin traje rojo ni barba blanca, pero sí con una lista de nombres y direcciones a los que repartir un poquito de alegría. Prefería pensar que dentro de cada paquete cuidadosamente envuelto había regalos sorpresa y cosas bonitas. Intentaba sonreír al entregar los envíos, al pedir a los destinatarios su firma, incluso cuando me cerraban la puerta en las narices yo sonreía.

Lo peor eran los viernes. Me recordaban que todavía me quedaba el reparto del sábado por la mañana. Me costaba un poco más sonreír los viernes, me agarraba al volante con un poco más de fuerza, pisaba el acelerador un poco más hondo. Habría estrellado la furgoneta contra un muro o un semáforo si no tuviera que pagar los gastos de reparación de mi bolsillo.

Uno de esos terroríficos viernes, parado en un semáforo en rojo, revisé la lista de entregas del día. Eché un vistazo de arriba abajo, para hacerme una idea de la ruta. No eran muchas. La última entrega del día era en la esquina de López Mora con Orense.

Los cláxones de los otros coches me sacaron de mi ensimismamiento. Arranqué.

La casa de la esquina de López Mora con Orense. Muchas veces había pasado yo por allí delante, muchas veces me había quedado mirándola. Era una de esas viejas casas enormes que ya no se construyen. La fachada estaba pintada de un naranja ridículo, a trozos desvaído, a trozos ennegrecido por la humedad y los inviernos. El tejado, de pizarra negra, caía como un puntiagudo sombrero sobre el techo. En la calle, a tres escalones grises de la acera gris, había una gran puerta de madera pintada de negro, como los marcos de las ventanas ceñudas.

Entré y busqué los buzones para comprobar el nombre y el piso. Encontré una larga pared cubierta de buzones del techo al suelo. Un viejo portero me asaltó.
-¿Qué quiere? Aquí no se admite publicidad.
-Vengo a entregar un paquete al 5A.
-Los señores Merino. Sí, están en casa. Tome el primer ascensor a la izquierda.- dijo, indicándome vagamente con la mano hacia el pasillo que se perdía en la penumbra.

Había dos ascensores idénticos, y el pasillo continuaba a lo lejos. Las puertas eran de esas dobles corredizas de hierro, de esas que ya no se fabrican. Eran pesadas. Entré y las cerré. En la pared izquierda había un largo panel con botones y números, números primos del -107 al 107. Pulsé el cinco y el ascensor comenzó a rechinar y traquetear y a moverse lentamente, como un cadáver que se levantara de su tumba.

1, 2, 3, 7, 11... ¿Dónde estaba el quinto? Intenté parar el ascensor pulsando el botón de stop, pulsando el botón del quinto. Intenté abrir la puerta enrejada para que se parase automáticamente, pero el ascensor seguía su ritmo de elefante muerto.

Se paró en el piso 37.

Abrí la puerta y eché un vistazo al pasillo. Un estrecho pasillo con barandillas de madera que se asomaban al vacío. Me entró vértigo. Al fondo, se veía terminar el pasillo y abrirse a otros corredores oscuros, paredes y puertas idénticas.

Regresé dentro, cerré las puertas, y una vez más pulsé el botón número cinco. Con fuerza. El ascensor dio un respingo y renqueó antes de ponerse en marcha nuevamente.

Bajamos. En cada planta se abrían los mismos estrechos pasillos con barandillas de madera, puentes sobre la nada. A lo lejos, mis ojos que se iban acostumbrando a la oscuridad, empezaron a distinguir estrechas escaleras zigzagueantes que se intercalaban en el espacio vacío. Tuve miedo.

Vi pasar el quinto. El ascensor no se paraba. Creo que grité.

El ascensor se paró al fin. Piso menos veintitrés. Quizá estaba acercándome poco a poco. No era el menos treinta y siete. Volví a probar. Esta vez se paró en el diecinueve. Luego en el menos once. Estaba acercándome.

Pero la siguiente se fue hasta el cuarenta y siete.

Bajamos otra vez. El menos trece. No quise arriesgarme más. Subiría por las escaleras. Por las escaleras no podía equivocarme.

Las puertas chirriaron al cerrarlas antes de adentrarme en el pasillo. Busqué el comienzo de las escaleras, estrechas y empinadas. Sólo había un pasamanos a la izquierda. A la derecha se abría un abismo indistinto. Empecé a subir.

Subí lentamente, contando los pisos y las escaleras. Entre piso y piso conté una media de 40 escalones, pero perdía la cuenta con facilidad, ocupado como estaba con intentar no mirar abajo. Agarraba el pasamanos temblequeante con miedo a que se me rompiera. Cuando creí llevar trece plantas, grité llamando al portero, pero no contestó nadie. Todos los pisos eran idénticos, idénticas escaleras, idénticos pasillos, idénticos ascensores.

Había calculado que estaría en el quinto, y dejé de subir. Pero en las puertas las placas decían 11.

Me entró el pánico. ¿Bajar las escaleras? ¿Mirar hacia abajo? No podría resistirlo. Desde la barandilla del pasillo, las escaleras se precipitaban y se desvanecían más allá de lo que yo alcanzaba a ver, entre una neblina que no sabía si era real o era imaginada por el terror que me había sobrevenido.

Aferrado al pasamanos, mirando hacia delante solamente, puse el pie derecho en la escalera de bajada. Luego el izquierdo. Después, el segundo escalón. El tercero. Sentí un viento frío. ¿Niebla y viento dentro de una casa? ¿De dónde salían? Debía ser la imaginación espoleada por el miedo. Respiré hondo y seguí bajando. El noveno escalón. El décimo. ¿Qué clase de casa era esta? ¿Qué clase de personas vivían en ella? Empecé a oír voces. No exactamente voces, sino susurros, empecé a entrever personas en las otras escaleras, subiendo y bajando, pero no me atrevía a desviar la mirada de los escalones, a desestabilizarme, a que me tragara aquella nada.

Veintiuno, veintidós, veintitrés,... Muchos años había pasado por delante de aquella casa. Muchos años había mirado aquella fachada anaranjada. Había tantas ventanas en la casa, ¿cómo podía haber tan poca luz dentro? Treinta. Sólo diez más. Pasaría pronto. Habría bajado un piso. Luego, me faltarían otros seis más. Treinta y nueve. Cuarenta.

Me tiré al suelo del pasillo de un salto. Estaba frío y mi cara ardía. No sé cuánto tiempo estuve así. No podría bajar las escaleras. Prefería los juegos del ascensor. Entré y pulsé con toda mi concentración puesta en el número cinco.

Llegué al quinto. Creo que huí corriendo del ascensor. Ni siquiera cerré la puerta. Pero no importaba, porque volvería enseguida, corriendo también, hasta salir de aquella casa.

Las puertas eran todas idénticas. Miré las placas buscando el quinto A. Encontré el quinto Z, el X, el V, el T... aquello tenía un sentido. Sonreí. Seguí el orden hasta el A, que naturalmente, era la última puerta. Con la misma sonrisa, pulsé el timbre.

No sonó nada.

Pulsé otra vez. Probé a pulsar concentrándome. No escuché ningún timbre. Llamé con la mano varias veces.
-¡Ya voy, ya voy, joder! ¡Un momento! - escuché una voz femenina y un ruido de ropa restregándose contra piel blanca.

Una chica con boca malhumorada me abrió la puerta.
-¿Y se puede saber qué es tan urgente? ¡Qué manera de llamar!
-Traigo un paquete para el señor Merino.
-Vamos, que no es un corazón para su trasplante inmediato.
-Yo no sé lo que contiene el paquete... - mi sonrisa me abandonaba.
-¡Papá! ¡ Para ti!

La chica desapareció de mi vista y en su lugar apareció un hombre transparente.
-Dígame.

Un hombre transparente.

-Dígame. ¿Qué desea?

Boqueé como un pez. Con una mano le alargué el paquete con un pequeño movimiento de mi cabeza, y con la otra, un bolígrafo y mi carpeta con la lista de direcciones.

El hombre transparente recogió el paquete con sus manos transparentes, tomó mi bolígrafo con su mano transparente, mi carpeta con la lista, y firmó con una firma transparente.
-Pase.

El hombre transparente se movió para hacerme paso.
-Pase un momento.

El hombre transparente cerró la puerta tras de mí. Me llevó hasta un salón con paredes pintadas de colores brillantes y un sofá de tres plazas también colorido. El hombre transparente se sentó en el medio. Yo me quedé de pie. Con sus brazos transparentes recostados en el respaldo del sofá, cruzó sus piernas transparentes. Podía ver los colores del sofá a través de él. Pero no podía ver sus ojos. De la transparencia a la invisibilidad hay un paso.

El verano del año en que yo cumplía veinte años, me fui de viaje. Mis padres no querían que fuera, pero fui igualmente, con mi novia, mi mejor amigo y su novia. Nos fuimos los cuatro de viaje en una vieja furgoneta que pertenecía al padre de la novia de mi amigo. Era espaciosa y perfecta para viajar un mes entero por carretera, para alejarnos de la ciudad sin saber de nadie ni de nada, sin necesitar nada, todo entraba en la furgoneta. A veces conducía mi amigo, a veces su novia, a veces yo.

Era la primera vez que hacíamos un viaje solos y libres. Salimos por la mañana temprano; yo me marché de casa todavía al amanecer, antes de que mis padres se despertaran, no quería escuchar más gritos ni reproches. Ni siquiera me llevé las llaves de casa. Me imaginaba que no volvería nunca, que nunca terminaría aquel viaje, que a aquel viaje le seguiría otro y otro después, que las llaves nunca me volverían a hacer falta. Esperé en la calle el resto del tiempo, hasta que nos encontramos todos en la casa de mi amigo Luis. Allí metimos nuestros bultos en el maletero y nos fuimos a desayunar a la estación de autobuses. Salimos corriendo sin pagar. El camarero estaba tan dormido aquella mañana que ni siquiera se dio cuenta.

El primer día conducimos todo seguido. No íbamos a ninguna parte. Era verano y éramos jóvenes y no necesitábamos nada. Evitamos la autopista y nos metimos por las carreteras nacionales, cruzando pueblos y montañas, caminos de cabras y vacas, puentes romanos, valles. Paramos en un bar de carretera a comernos unos bocadillos, que esa vez sí que pagamos, el camarero era fornido y bien despierto, y aquel era su bar, y nosotros teníamos respeto por esa gente que se ha construido su vida a base de su esfuerzo, que trabaja para sí misma. Luego seguimos conduciendo hasta bien entrada la noche. Ya habíamos cruzado a Castilla antes de parar para dormir.

Por la noche hacía frío. Estiramos los sacos y las mantas en el suelo y nos acostamos. Estábamos en medio de algún campo dorado de trigo, parecía que estábamos dentro de un poema de Machado, y recitamos de memoria. No teníamos nada que cenar, pero tampoco sentíamos hambre, y si acaso, nos comíamos las estrellas del cielo con los ojos.

Nunca volvimos a la ciudad.

El hombre transparente volvió hacia mi su cara transparente.
-¿Ha viajado usted así alguna vez? ¿Sin rumbo y sin volver?

El hombre transparente se sacó unas llaves plateadas de los bolsillos de sus pantalones transparentes.
-Tome. Baje al piso menos ciento siete. Allí pregunte por la vieja furgoneta. Me la quedé yo. Ahora, váyase.

En el ascensor, me concentré con todas mis fuerzas en el piso menos ciento siete.

Una luz entró a través del enrejado de las puertas. Era una luz solar que me deslumbró tras tantas horas acostumbrado a la noche de aquella casa. Salí, cubriéndome el rostro con los brazos. Entreveía una luz amarilla y colores verdes y negros. Parpadeé. Delante de mí se extendía el campo de Castilla en toda su ondulación dorada de mediodía. Unos hombres negros grandes como toros estaban allí de pie, esperándome.
-¿Qué desea?
-Vengo a buscar la vieja furgoneta del señor Merino.
-Sígame.

El hombre me llevó a unas caballerizas pintadas de azul y de blanco, sin techo. Puerta tras puerta había habitaciones con coches aparcados. Llegamos a una furgoneta descolorida.
-¿Es esta?

Abrí la puerta con la llave. Me senté en el polvoriento asiento. Olía a cerrado. Abrí las ventanas con la manilla. Metí la llave en el contacto, la giré, y el motor empezó a bramar y retemblar. Puse la primera marcha y pisé el acelerador, atravesando el campo amarillo.

lunes, diciembre 30, 2013

Demora

En las antesalas
desesperamos nuestro turno,
encallados en el asiento
duro y frío y azul como una piedra.

Ocupados en desoír los tic-tacs,
rememoramos en el reloj.
Con los recuerdos al cuello
nos descolgamos de un salto
hasta que nosotros mismos
resonamos las doce.



martes, diciembre 03, 2013

Rayo

rayo tajante
resonante
esencia escindida
encendida incendiada
abrasada
ennegrecida

de lo que el rayo partió
de lo que ardió
queda
médula espinosa encogida en sí misma
corteza leñosa vuelta hacia fuera

en el medio solo aire
quizá humo.

viernes, noviembre 29, 2013

Supermercado


Él quería tachar el amor de su lista de la compra. Protegerlo de la intemperie y del moho verdoso, guardándolo en la alacena de la cocina, siguiendo al pie de la letra la leyenda de las etiquetas: "guárdese en un lugar fresco y seco". Y quería, cada mañana, abrirlo y untarlo en las tostadas del desayuno. 


Pero ella se negó a ser confitura de fruta troceada en un tarro de cristal.




martes, noviembre 26, 2013

Kyoto

Templos de tejados negros
guardan a Budas descalzos
de la lluvia.

Estrellas enrojecidas
colgadas de los árboles
el nuevo cielo.

El olor a té tostado
calienta los corazones
blanqueados.

Las flores que fueron blancas
se sonrosan y se lanzan
a nadar.

De las tacitas de té
brota una nueva vida
color verde.

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